Medio
para
mujeres
maduras
Columna
Piedad Esguep Nogués Abogada, mediadora, docente especializada en derecho de familia y socia fundadora de Aguirre y Esguep Abogadas.

Separarse no tiene por qué ser una batalla

Después de más de veinte años trabajando como abogada y de haber estudiado y enseñado derecho de familia, mi paso por la Facultad de Psicología de la Universidad de Barcelona cambió mi manera de mirar estos conflictos.

Entendí algo que puede parecer evidente, pero que muchas veces olvidamos: detrás de cada proceso legal de familia hay personas sintiendo miedo, rabia, pena, incertidumbre y experimentando cambios profundos en su vida. Por eso creo que el derecho, por sí solo, muchas veces no alcanza para abordar de manera adecuada estos conflictos. 

Cuando una pareja se separa, cuando existen diferencias sobre el cuidado de los hijos/as o cuando una familia necesita reorganizarse económicamente, el problema va más allá de esperar el resultado de una sentencia para ver a quién “le fue peor o mejor en el juicio”. Es necesario pensar también qué ocurrirá con esas relaciones después.

Especialmente cuando hay hijos/as, las personas probablemente deberán seguir vinculadas durante muchos años.

Este debería ser uno de los puntos de partida.

Durante mucho tiempo hemos entendido los conflictos familiares casi como una batalla: cada parte busca defender su posición, intervienen los abogados/as y finalmente un juez/a decide. En algunos casos el juicio es indispensable, especialmente, por ejemplo, cuando existe una vulneración grave de derechos. Pero llevar cada desacuerdo a la realización de un juicio ante los tribunales como primera alternativa puede agudizar un conflicto que ya es complejo y doloroso.

Un juicio puede durar años. Tiene un costo económico alto y también puede tener un costo emocional difícil de medir. Una familia que ya está enfrentando una separación debe sostener dos hogares, reorganizar su vida cotidiana y adaptarse a una nueva realidad. Agregar a eso un litigio prolongado puede aumentar todavía más la tensión y terminar de dañar la relación familiar. 

Por eso defiendo una forma distinta de abordar el derecho de familia.

La mediación y los acuerdos colaborativos permiten que las partes implicadas tomen las decisiones que van a ordenar su vida futura. En vez de entregar completamente esa responsabilidad a un tercero, pueden buscar acuerdos con el apoyo de abogados/as, mediadores/as y, cuando sea necesario, profesionales de la psicología.

La diferencia es importante.

En una mediación y en los acuerdos colaborativos ambas partes ganan y a la vez ceden. Al mediar, las personas intentan construir una solución que puedan sostener en el tiempo, siempre guiadas por el mediador/a. En los acuerdos, el abogado/a asume un papel central, protege los derechos de su cliente/a, explica las alternativas y entrega las herramientas jurídicas necesarias. Pero también puede ayudar a que el conflicto avance hacia una solución pacífica y no hacia una escalada.

Esto exige otra manera de ejercer la profesión.

La persona que llega a consultar a un abogado/a de familia rara vez está viviendo un momento tranquilo. Puede estar confundida, enojada, angustiada o simplemente no saber qué viene después. En ese contexto, la manera en que el/la profesional conduce el proceso puede hacer una enorme diferencia.

Un abogado/a puede alimentar el enfrentamiento o ayudar a resolver el conflicto de manera pacífica.

No estamos hablando de evitar los desacuerdos ni de forzar acuerdos cuando las condiciones no existen. Tampoco de desconocer situaciones graves que necesariamente deben resolverse en un juicio. Se trata de no asumir que este último debe ser siempre el primer camino.

Hay que tomar consciencia que las personas que se están enfrentando siguen siendo una familia, aunque esta haya cambiado de forma.

Una pareja puede terminar, pero la relación entre padres e hijos/as, hermanos/as o familiares continúa. Incluso después de una separación difícil habrá cumpleaños, decisiones importantes, enfermedades, graduaciones y muchos otros momentos en los que esas personas volverán a encontrarse.

 

La pregunta entonces es qué relación queremos que exista después de resolver el conflicto.

Creo que el derecho de familia necesita incorporar con mayor fuerza esa pregunta. Trabajar de manera interdisciplinaria, integrando herramientas de la psicología, permite mirar el problema completo y no únicamente su dimensión legal.

Chile cuenta con mecanismos para hacerlo y con profesionales preparados/as para trabajar de esta manera. Falta que los acuerdos colaborativos entre abogados/as y la mediación dejen de considerarse una alternativa secundaria y comiencen a ocupar un lugar más importante en la forma en que enfrentamos los conflictos familiares.

Resolver un problema familiar no puede reducirse a la obtención de una sentencia judicial. A veces, el verdadero resultado es conseguir que, después de una crisis, los miembros de una familia puedan seguir relacionándose sin haber destruido en el proceso aquello que todavía las une.

Contacto: piedadesguep@gmail.com

Suscríbete aquí a nuestro Newsletter

Recibe cada semana historias, ideas y beneficios pensados para mujeres que viven su mejor momento. Bienestar, cultura, estilo y todo lo que hace bien, directo en tu correo.

Al suscribirte aceptas nuestra política de privacidad. Puedes darte de baja cuando quieras.

Contacto

Queremos conocerte y saber de ti.

Escríbenos para saber más de la comunidad web Nilo.

Usamos tus datos solo para responderte. Más información en nuestra política de privacidad.