“El impacto de la luz”
Pamela Fernández-Corujedo encontró en la fotografía análoga una forma de parar el tiempo, mirar y entender su propio proceso de madurez. El oficio, la libertad que está experimentando y el trabajo íntimo detrás de su último libro dedicado a sus padres, son algunos de los temas que tratamos cuando nos abrió las puertas de su linda casa. El paso de los años, la vida familiar y su práctica, lejos de agotarla, siguen ampliando su manera de habitar este mundo.
Por Equipo Nilo
¿Por qué te dedicaste a la fotografía análoga?
Elegí la fotografía análoga porque me gusta el resultado, pero también porque la manera de crear una imagen en el laboratorio coincide con mi forma de mirar, de pensar y de estar en el mundo.
Empecé a estudiar fotografía a los 29 años, en 1999, cuando todo el aprendizaje era análogo. Mi formación comenzó en el laboratorio, entre negativos, ampliadoras y todo lo que implicaba construir una imagen desde ese proceso.
Durante esos años apareció la fotografía digital y la incorporé de manera natural. Trabajé en ambos mundos durante bastante tiempo, sin sentir que tuviera que elegir entre uno y otro.
Fue al comenzar el proyecto sobre mis papás, que es el libro que acabo de publicar, cuando sentí que en la fotografía digital había algo que no terminaba de encontrar. En el color aparecía una distancia entre mi fotografía y lo que finalmente quedaba impreso. Probé distintos papeles y formas de trabajar las imágenes, pero nunca lograba sentir que esa fotografía era completamente mía.
Con el tiempo entendí esa idea de que uno encuentra los colores en el blanco y negro, y eso me hizo mucho sentido. Al prescindir del color, todo se transforma en luz, forma y materia. Para mí, eso es suficiente.
También me gusta profundamente el proceso químico. Es lento, y esa lentitud me ayuda a entender por qué estoy fotografiando y qué es realmente lo que estoy fotografiando.
Me aburre la fotografía digital, me aburre el computador. Me distraigo mucho frente a una pantalla. En cambio, el laboratorio es un espacio para mí. Ahí la relación con la imagen es distinta, más física, más pausada, más atenta.

¿Qué te atrae del proceso de revelado?
Me gusta que el proceso no termine cuando hago la fotografía. En lo análogo, la imagen sigue construyéndose en el laboratorio y yo estoy presente en cada etapa. Hago la toma, revelo el negativo, amplío y decido cómo quiero que esa imagen exista en papel. Todo pasa por mí.
También me interesa mucho la materialidad. Trabajo con papeles como algodón, Foma o fibra, que tienen distintas texturas y presencias. Para mí, el papel no es solo un soporte, también participa de lo que quiero transmitir con la fotografía.
Quizás también hay algo de control en todo esto. Soy bastante controladora y este proceso me permite tomar decisiones en cada etapa. Puedo equivocarme, cambiar, volver a hacer o insistir hasta encontrar lo que estoy buscando. Esa posibilidad de acompañar la imagen desde la toma hasta la copia final hace que nunca sienta que estoy repitiendo exactamente lo mismo.
Y hay algo más íntimo. Este laboratorio no apareció de un día para otro. Cuando mis hijas eran chicas intenté tener uno en la casa y no funcionó. Con el tiempo logré construir este espacio, y mi familia entendió que era un lugar que había que respetar.
¿Qué importancia tiene la técnica en tu trabajo?
La técnica es fundamental en mi trabajo. La química es muy exacta. Hay que entenderla, respetarla y ser rigurosa, pero también es muy fiel. Cuando haces bien el proceso y respetas los tiempos, la química responde.
Y, sin embargo, nunca es exactamente igual. Cada día me entrega algo distinto y eso me gusta. Hay un factor de sorpresa que para mí es infinito. A veces lo llamo “el momento humilde”, ese instante en que creo que estoy manejando todo y el proceso me demuestra que no.
Siento que esto no termina nunca. Siempre hay algo nuevo que aprender, ajustar o mirar de otra manera. La técnica va enriqueciendo mi obra con el tiempo.
Además, soy una persona muy acelerada y este oficio me ha enseñado a detenerme. Cada vez que estoy aquí siento una enorme gratitud por poder hacer esto. Me sigue fascinando.
¿Qué fotógrafos te inspiran?
Uno de mis fotógrafos preferidos, si no el que más me gusta, es Josef Sudek. Admiro su capacidad de construir una fotografía profundamente poética a partir de cosas aparentemente simples. Podía fotografiar una silla, un árbol, una ventana o un rincón de su jardín y convertir algo cotidiano en una imagen de enorme profundidad y belleza. Esa manera de mirar me fascina.
También me encanta Sally Mann, por la fuerza de su trabajo, su constancia y la libertad con que ha construido su obra. Siempre me ha impresionado que hiciera las fotografías que necesitaba hacer, sin importar demasiado lo que pasara alrededor. La encuentro valiente, muy talentosa y fiel a su propia mirada.
Hace poco descubrí el trabajo de Ruth Lauer Manenti, una fotógrafa norteamericana que también fue una inspiración para mi libro. Me interesa su capacidad de construir una obra desde una mirada muy personal, sin necesidad de explicar demasiado.
¿Qué encontraste en el trabajo de esa fotógrafa?
Encontré una relación muy cercana con algo que yo también estaba viviendo. Ella hizo un libro a partir de una casa que imaginó vacía después de la muerte de su mamá. Su trabajo es un homenaje a su madre, pero también una reflexión sobre la pérdida, la memoria y lo transitoria que es la vida.
Eso me tocó especialmente porque, aunque nuestros proyectos son distintos, había algo emocional que dialogaba con lo que yo estaba haciendo en la casa de mis papás. Me interesa cómo un espacio puede contener la ausencia de alguien y, al mismo tiempo, hablar de la memoria y del paso del tiempo.
Sus fotografías son muy tenues y trabajó intencionalmente con películas vencidas.
Le escribí y me respondió con mucha generosidad. Ese contacto también fue importante para mí.

¿Por qué es tan importante la libertad para ti?
La libertad siempre ha sido muy importante para mí. Crecí con padres que me dieron mucho espacio para ser quien quería ser, y creo que eso me quedó muy arraigado.
Después, cuando formé mi propia familia, tuve tres hijas y fui una mamá muy presente. De alguna manera, me fui perdiendo en las demandas del día a día. La fotografía estaba ahí, pero en segundo plano, cuando quedaba algún espacio.
En 2008 entré al taller de Luis Poirot y Fernanda Larraín, y ahí se me abrió el mundo de la fotografía. Ellos fueron muy importantes porque me mostraron que también podía ser una forma de vida.
A partir de ese momento empecé a darle a la fotografía un lugar propio y entendí que podía construir mi vida alrededor de algo que realmente me apasionaba.
Ahora que mi hija más chica salió del colegio, siento que he vuelto a encontrar esa libertad que siempre estuvo en mí, pero que durante muchos años quedó detrás de las responsabilidades. Hoy puedo decidir dónde pongo mi tiempo, mi energía y mi atención.
¿Qué valor tiene el oficio dentro de la fotografía?
Para mí, el oficio tiene un valor enorme dentro de la fotografía. Llevo muchos años estudiando, aprendiendo y tratando de hacer este trabajo lo mejor posible. Ese conocimiento me permite tomar decisiones que incluso pueden ir en contra de lo técnicamente correcto. Una copia puede no ser la “correcta” y yo saberlo, pero aun así puede aportar mucho a lo que estoy trabajando.
¿Qué buscas transmitir en el libro sobre tus padres?
El libro de mis papás es, de alguna manera, una despedida adelantada. Ellos todavía están aquí, pero ya son mayores, y siento que una parte de esa historia se está transformando. Quizás por eso hay cierta tristeza en el libro. Estoy fotografiando algo que todavía existe, pero que sé que no va a permanecer igual.
No quería hacer un libro solo sobre mis papás ni sobre la casa. Quería guardar algo de ese mundo, de los objetos, los espacios y la forma en que ellos habitaron ese lugar. Fotografiarlo fue también una manera de detener algo que inevitablemente está pasando.
Por eso las imágenes se fueron haciendo cada vez más blancas y tenues. No fue una decisión estética. Sentía que la imagen también tenía que hablar de ese proceso, de algo que está presente y, al mismo tiempo, se va diluyendo.
¿Cómo ha madurado tu proceso creativo?
Creo que en estos años he aprendido mucho, y ese aprendizaje me ha dado algo fundamental: confianza.
Hoy puedo elegir temas que realmente me interesan y darme el tiempo que cada proyecto necesita.
También he aprendido a confiar más en mi propia mirada. Puedo dejar espacio para la duda, quedarme más tiempo con una imagen, volver sobre ella, cambiar de opinión o simplemente esperar.
¿Qué sentiste cuando cumpliste 50 años?
Nada en especial, porque cumplí 50 en plena pandemia y estaba encerrada. Fue el 21 de julio de 2020, un día lluvioso. Y como la vida siempre me sorprende, empezaron a llegar regalos por delivery: tortas, aperitivos, flores. Uno detrás de otro.
Fue un día muy feliz. Llegaron mis amigas, mi familia y terminamos haciendo una pequeña fiesta. A pesar del encierro y de la lluvia, la casa se fue llenando de muestras de cariño.
Creo que los 50 no fueron un momento de quiebre para mí. Ha sido un proceso lento, que he ido sintiendo de a poco. Ahora que tengo 56 años empiezo a notar algunas cosas, algunas no tan agradables, pero lo que más siento es libertad.
Cada vez tengo más claro qué quiero hacer con mi tiempo, con mi energía y con mi vida. Y la fotografía ocupa un lugar enorme en eso.
¿Qué te ha entregado tu oficio para entrar en la madurez?
La fotografía me ha enseñado a esperar, a equivocarme, a volver a mirar y a aceptar que a veces una imagen necesita tiempo para encontrar su lugar. También me ha enseñado que no todo tiene que estar resuelto antes de empezar. Creo que eso tiene mucho que ver con la madurez.
Este oficio me ha ayudado a no necesitar respuestas tan rápidas, a observar más y a confiar en que algunas cosas aparecen mientras uno trabaja.
Quizás lo que más agradezco es que, después de tantos años, todavía me siento en un lugar de aprendizaje. No siento que haya llegado a ninguna parte. Al contrario, siento que todavía tengo muchísimo por aprender.
¿Cómo te imaginas a los 70 años?
Me imagino haciendo fotografía. No sé exactamente qué voy a estar fotografiando, pero sí sé que quiero seguir aprendiendo.
Me imagino en mi laboratorio, todavía revelando, haciendo copias, equivocándome y descubriendo cosas nuevas. Quizás más lenta, aunque espero que no demasiado.
También me imagino con Juan Pablo, viajando si se puede y encontrándonos en el camino.
Creo que a los 70 voy a tener más historias, más memoria y otra manera de entender lo que estoy fotografiando. Me gustaría llegar a esa edad con la curiosidad intacta.
Eso es lo que imagino: seguir haciendo fotografía, seguir aprendiendo, ser abuela y compartir la vida con Juan Pablo.


