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Entrevista a Mima Montt

Mima Montt Psicóloga y analista jungiana con casi 50 años de trayectoria. Trabaja desde la psicología analítica de Carl Gustav Jung, con foco en los sueños, los duelos y los procesos de individuación.

“Amar el propio destino”

La psicóloga y analista jungiana con casi 50 años de trayectoria, Mima Montt, habla de la madurez, los duelos, los sueños y la posibilidad de llegar a una etapa de la vida en que las expectativas externas pierden peso. Desde la psicología analítica de Jung y su propia experiencia, propone mirar hacia adentro, integrar las heridas y aprender a vivir con mayor libertad.

Por Equipo Nilo

¿Qué significa para el alma de una mujer llegar a la madurez?

Es bien complejo lo que tú me preguntas porque, sin lugar a dudas, esto nos lleva a tocar aspectos más profundos. Hay que referirse a lo que es el alma para poder entender cuál es la madurez.

Alma, en latín anima, es soplo, aliento vital, la fuerza que diferencia a los seres vivos de la materia inerte. Desde la psicología analítica de Jung, que es desde donde yo me paro para observar y comprender el mundo, está intrínsecamente ligada a la psique, que es la totalidad de los procesos psíquicos, tanto conscientes como inconscientes.

La madurez tiene que ver con los ciclos que se van dando, que van mudando la vida. Yo siempre pienso en las estaciones, que se van sucediendo unas a otras.

Jung nos plantea una primera mitad de la vida centrada en la construcción del ego y en la adaptación al mundo. Es lo que nos permite funcionar en la realidad, administrarnos frente a las demandas externas, construir una familia, una profesión, una identidad.

Después viene una segunda mitad, que es el tiempo de la individuación. Es el momento en que empiezas a mirar aquellos aspectos internos que te van a permitir desarrollar lo que realmente eres. Dejas de vivir solamente bajo las expectativas ajenas y comienzas a escuchar tu propia voz interior, integrando aquellas partes tuyas que habían quedado relegadas a la sombra.

¿Se conquista cierta tranquilidad con la madurez?

Sí. En la madurez se habla de una etapa de tranquilidad y sabiduría porque ya no estás luchando de la misma manera con el mundo externo, sino que empiezas a hacerte cargo de tu mundo interno.

Hay un concepto que me encanta: Amor Fati. Amar tu destino.

Esta etapa de la vida, que algunos llaman reintegración, es la oportunidad de llegar a ser lo que te corresponde llegar a ser. Ser finalmente quien siempre estuviste destinada a ser, sin necesidad de demostrar nada a nadie.

Para mí, la gracia de envejecer es la liberación.

Pero atravesar la madurez también significa atravesar duelos. ¿Cómo se viven?

El duelo es una reacción natural del ser humano frente a una pérdida, un trauma o un evento que ha ocurrido. Yo veo los duelos como ritos de paso. Son necesarios para la transformación, para pasar de un estado emocional a otro y permitir que un proceso nuevo pueda comenzar.

Para que algo nuevo se inicie, algo anterior tiene que concluir. Cada pérdida da paso al germen de algo nuevo. Por eso es tan importante permitirse el duelo.

Desde niños tenemos que aprender a tomar contacto con lo que estamos viviendo. Está el típico ejemplo del niño que se cae y la madre le dice: “No te pasó nada, no te pasó nada”. Desde ahí empezamos a enseñarle que no tiene que sentir lo que está sintiendo.

Yo creo que lo importante es precisamente lo contrario. Tomar contacto con tu mundo psíquico y con lo que te está pasando. Hablarlo, comentarlo, dolerte.

¿Existe un tiempo determinado para superar una pérdida?

No. Y ahí aparece algo muy importante: existen dos tiempos. Está Cronos, que es el tiempo cronológico, el de los días, los meses y los años, y está Kairos, que es el tiempo oportuno del alma.

Cada individuo tiene su propio tiempo. Es totalmente personal, particular.

Además, el duelo no es lineal, es cíclico. Un duelo puede conectarte con otro duelo anterior. Los seres humanos vamos atravesando pérdidas desde que somos niños. Se nos caen los dientes, cambia nuestro cuerpo, dejamos etapas atrás, perdemos personas, relaciones, lugares.

La vida está llena de estos ritos de paso.

También es importante no intentar cargar ese peso en soledad. El acompañamiento de otro puede transformarse en un contenedor necesario.

¿Podemos cambiar la forma en que miramos las pérdidas?

Sin duda. Culturalmente tendemos a mirar la muerte únicamente desde aquello que termina, pero en cada muerte existe también el germen de algo nuevo.

Ahí aparece la idea de la alquimia. Poder transformar el dolor, lo rudimentario, en algo más noble y trascendente.

Las heridas no se reparan borrando las cicatrices, sino integrándolas. Cuando aceptas una herida como parte de tu historia, puede dejar de ser una fuente de dolor ciego y convertirse en comprensión.

Eso te permite seguir andando, seguir caminando.

¿Qué papel cumple el inconsciente colectivo en ese proceso?

El inconsciente colectivo nos permite comprender que muchas experiencias que vivimos no son anormales ni patológicas.

Al reconocer los arquetipos, que son patrones universales, comprendemos que nuestras luchas, nuestros amores y nuestros dolores han sido vividos por la humanidad desde siempre.

Eso nos conecta con algo mucho más amplio que nuestra experiencia personal. Nos permite entender que no estamos solas.

¿Qué pasa con los sueños?

Los sueños son la vía regia para llegar al inconsciente.

Hay muchos contenidos que el ego no maneja y la manera de acceder a ellos es a través de los sueños. Son manifestaciones independientes y espontáneas. Expresan aquello que el ego todavía no sabe o no comprende.

Nos traen información de nuestro inconsciente personal, de aquellas cosas que hemos rechazado o que nos cuesta ver, y también pueden conectarnos con contenidos del inconsciente colectivo.

Los sueños son mensajeros. Son como un tesoro que tenemos para enriquecer nuestra alma y hacernos cargo de nuestras sombras.

Mientras más conoces tu sombra, más libre eres.

¿Qué nos puede mostrar concretamente un sueño?

La psique busca equilibrio. Los sueños pueden tener una función compensatoria.

Si tú estás funcionando de una manera demasiado rígida o unilateral, por ejemplo, el sueño puede presentarte caos, vulnerabilidad o aquello que estás dejando fuera.

También aparece la sombra. Es decir, aquellas facetas nuestras que hemos rechazado o reprimido y que necesitamos integrar.

Y hay algo más. El lenguaje de los sueños es el de las imágenes y las emociones. A veces te permite contactar con verdades emocionales que todavía no eres capaz de expresar con palabras.

El sueño es una comunicación entre el Yo consciente y el Sí-mismo. Por eso un mismo símbolo puede tener significados diferentes para distintas personas.

¿Y qué ocurre con quienes dicen que no sueñan?

Hay que diferenciar. Hay personas que toman medicamentos que producen un sueño muy profundo y muchas veces lo que ocurre es que simplemente no recuerdan sus sueños.

También puede pasar que existan contenidos para los cuales tu Yo todavía no está preparado.

Hay situaciones difíciles o traumáticas que pueden emerger mucho tiempo después. La psique va generando símbolos y mensajes para poder hacerse entender cuando estamos preparados para recibirlos.

Te separaste a los 34 años con cinco hijas y después volviste a casarte a los 70. ¿Cómo fue para ti ese proceso?

Fue una decisión muy dolorosa. El duelo hay que vivirlo, hay que sufrirlo.

La separación implicó dolor y también implicó mirar lo más cotidiano: cómo adaptarse y cómo salir adelante de la manera más rica y amorosamente posible.

Después vino un período en que empecé a mirarme más de cerca y a mirar aquellos elementos que había ido dejando atrás, mis inquietudes, mis deseos.

Cuando tomé la decisión de volver a casarme habían pasado muchos años y recién entonces entendí que no había terminado de vivir mi separación. Tuve que hacerme cargo de la decisión que había tomado, del sufrimiento que le pudo haber provocado a mi exmarido y también mirar aquello que a mí me había afectado.

Ahí entró la paz.

Y esa paz me permitió abrirme a un nuevo amor. Yo quería sentirme nuevamente viva, poder querer y desarrollar también ese aspecto de mí.

¿Tu segundo matrimonio tuvo un significado especial?

Muchísimo. Nos casamos en la capilla del colegio de mis cinco hijas, que ni siquiera había sido mi colegio.

Para mí fue muy simbólico porque era como reunir distintos aspectos de mi vida que habían estado separados, desintegrados.

Fue una integración.

Después de todo lo vivido, ¿qué consideras tu mayor regalo?

Mi mayor regalo ha sido poder vivir. Experimentar mi paso por las distintas estaciones de la vida, vivenciando luces y sombras.

En particular, la maternidad me ayudó muchísimo en la toma de conciencia de mi propia existencia.

Y finalmente está la consciencia. Esa capacidad de observar mi propia vida, reconocer patrones y poder elegir actuar desde mi centro en lugar de reaccionar solamente desde mis impulsos.

Esa consciencia es la que da sentido a la vida.

¿Cuáles han sido los grandes hitos de tu carrera?

Es muy particular lo que voy a decir, pero nunca me olvido de esto y me ha servido mucho en el trabajo con mis pacientes.

Cuando salí del colegio había pasado prácticamente toda mi vida escolar queriendo ser abogada. Había estudiado el tema, me había contactado con abogados y estaba convencida de que mi carrera iba a ser Derecho.

Pero cuando llegó el momento de elegir, también postulé a Psicología.

Eso me marcó mucho.

Después, ya recibida y trabajando con muchos niños, empecé a darme cuenta, especialmente cuando hablaba con los padres, de que había algo más que había que buscar. Sentía que había algo que yo estaba dejando de hacer.

A los 35 años tuve un sueño. Había pasado por distintos procesos terapéuticos y uno de ellos había sido desde la psicología profunda, desde la línea de la psicología analítica.

Ahí comenzó mi interés por los sueños.

Me contacté con personas que estudiaban psicología analítica desde la academia y empecé mi magíster. Ese fue uno de los grandes hitos en el desarrollo de mi identidad profesional.

Mi trabajo habría sido muy distinto si no hubiera seguido el camino de la psicología analítica.

Fue una formación exigente. Durante cuatro años viajé de marzo a diciembre, los fines de semana, para tomar clases. Después vinieron muchas horas de supervisión, muchas horas de análisis y también un costo económico importante.

Hay que trabajar mucho, mucho, mucho.

Pero valió la pena porque era el impulso que me llevaba hacia lo que realmente quería hacer.

¿Qué le dirías a una mujer que está entrando hoy en la madurez?

Le diría que recurra a las cuatro virtudes cardinales: prudencia, templanza, fortaleza y justicia.

Que no intente acelerar el proceso de convertirse en quien es.

Que se permita no saber y que se permita dudar.

Y, sobre todo, que tenga la valentía de abrazar sus sombras, porque ahí hay una enorme cantidad de energía vital esperando ser integrada.

Al final, se trata de eso. De amar el propio destino.

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