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Constanza Gutiérrez, retrato
Constanza Gutiérrez Arquitecta urbanista, directora creativa y fundadora de PLACARD®.

La vida cabe en un abrigo

A los 25 años descubrí la moda mientras estudiaba urbanismo. Puede parecer una relación extraña, pero en ese momento de mi vida el buen vestir envolvía cada rincón de una ciudad, y esa ciudad se llamaba París.

Fue también ahí donde descubrí el mundo de la segunda mano de lujo: prendas de grandes diseñadores, de factura impecable, que habían pertenecido a otra persona y todavía tenían una vida por delante. Entonces no sabía que esa manera de vestirse, capaz de atravesar generaciones, terminaría convirtiéndose en parte de mi trabajo.

Simplemente entendí que era posible vestirse bien sin que todo tuviera que ser nuevo. Y que, además, había en ello una emocionante cuota de “búsqueda del tesoro”.

Pero mi relación con la calidad había comenzado mucho antes de París. Crecí con una mamá muy consciente de cuánto debían durar las cosas. Nunca me compró —ni se compró para ella— algo de mala calidad, salvo durante la adolescencia, cuando el cuerpo cambia tan rápido que muchas prendas inevitablemente tienen una duración más corta.

En ese momento no lo entendía como una enseñanza. Era simplemente su manera de comprar.

Con los años comprendí que me estaba transmitiendo un criterio: el precio de una prenda no termina en la caja. También se mide en el tiempo que dura, en cuánto la usamos y en las veces que evita que tengamos que reemplazarla.

Si hoy pudiera sentarme a conversar con la Constanza de 25 años, no le diría que comprara menos. A esa edad uno está descubriendo quién quiere ser, cómo quiere mostrarse y qué lugar desea ocupar en el mundo. La ropa participa profundamente de esa búsqueda: vestirse es una forma cotidiana de expresión y también una manera de decidir cómo queremos —o no queremos— presentarnos ante los demás. La ropa comunica algo de nosotros antes de que pronunciemos una palabra.

Además, elegir bien a los 25 no es tan fácil. Nuestra manera de vestir cambia con las etapas de la vida, con el lugar donde trabajamos y con las exigencias del día a día. A veces compramos para una oficina a la que acabamos de llegar; otras, para una versión de nosotros mismos que todavía estamos imaginando. No siempre sabemos cómo será nuestra vida cinco años después.

Por eso no se trata de comprar prendas para toda la vida, sino de reconocer cuáles tienen sentido para el momento que estamos viviendo. Una buena pieza no necesita acompañarnos eternamente para haber sido una buena elección. Puede cumplir su ciclo con nosotros y después continuar en la vida de otra persona.

Le diría algo diferente: aprende a reconocer cómo quieres sentirte cuando te vistes y, desde ahí, elige aquello que, aunque te lo pongas todos los días, sea capaz de sacar lo mejor de ti.

Muchas compras que después lamentamos comenzaron con una ocasión. Un matrimonio, una comida, un viaje o una reunión importante. Abrimos el clóset, sentimos que nada sirve y salimos a buscar algo que resuelva esa fecha. La urgencia decide por nosotros y, en ese momento, la elección parece tener mucho sentido. Pero después la prenda vuelve al clóset y no encuentra demasiado lugar en nuestra vida.

Anticipar una compra no significa planificar cada cosa que vamos a usar ni transformar el placer de vestirse en un sistema. Significa no esperar a que una ocasión decida por nosotros. Porque aquello que soluciona una noche no siempre es una buena compra.

Una vez alguien me dijo: “No tienes tantos días en el año como para usar todo lo que hay en tu clóset”. La frase puede parecer evidente, pero basta mirar lo que tenemos para entender que no siempre compramos pensando en esa realidad. El año tiene 365 días y nuestros clósets muchas veces parecen construidos para varias vidas paralelas.

Si tuvieras diez muy buenos looks para cada estación, ¿cuánto más necesitarías realmente? No te propongo convertir esa cifra en una regla ni vivir con un clóset matemáticamente perfecto. La pregunta es otra: ¿cuántas de las cosas que tienes participan de tu vida y cuántas siguen esperando una ocasión que probablemente nunca llegará?

También compramos para el cuerpo que creemos que deberíamos tener. En Chile todavía asociamos con demasiada frecuencia verse mejor con verse más delgada. Por eso, entrar en una talla menor puede parecernos más importante que observar cómo nos queda realmente una prenda. Pero una talla más chica no consigue que algo nos quede mejor. El número de la etiqueta debería ser apenas una referencia, no una evaluación de nuestro cuerpo.

Antes de comprar, entonces, basta con hacerse algunas preguntas simples: ¿esta prenda corresponde a mi vida real? ¿Me sirve más allá de esta ocasión? ¿Puedo usarla con lo que ya tengo? ¿Me queda bien o solo me interesa la talla? ¿La compraría si no estuviera en oferta?

Una buena prenda no es necesariamente la más cara ni la que lleva el logo más visible. Su calidad está en la tela, en el corte, en su capacidad de resistir el uso y también en algo que no figura en ninguna etiqueta: cuánto de nuestra vida cabe dentro de ella.

No toda prenda costosa es una inversión y lo barato no siempre termina siendo conveniente. Una chaqueta que usamos cuatro veces puede resultar mucho más cara que una que nos acompaña durante años. A cierta edad, seguir comprando fast fashion sabiendo que no va a durar deja de ser experimentación y se convierte en repetición.

Comprar mejor no significa gastar más: significa dejar de gastar una y otra vez en soluciones momentáneas.

La segunda mano permite acceder a prendas de mayor calidad desde otra relación con el precio y encontrar piezas cuya vigencia sobrevivió a la temporada en que fueron creadas. Desde mi experiencia como directora creativa y fundadora de PLACARD®, he comprobado que las mejores compras no siempre son las más costosas ni las más evidentes. Son aquellas que funcionan, se usan y permanecen.

Con los años también he entendido algo que excede la ropa: la impulsividad y la ansiedad no son buenos lugares desde donde tomar decisiones, ni de compra ni de vida. No se trata de pensarlo todo demasiado ni de renunciar al placer de encontrarse inesperadamente con algo. Se trata de distinguir entre el entusiasmo de descubrir y la urgencia por resolver.

Si hoy pudiera volver a conversar con la Constanza de 25 años, no le pediría que dejara de experimentar ni de equivocarse. Le diría que disfrutara esa búsqueda, pero que no esperara que cada prenda le entregara una nueva versión de sí misma. Las mejores elecciones no son necesariamente las que prometen transformarnos, sino aquellas que, cada vez que volvemos a usarlas, consiguen sacar lo mejor de quienes ya somos.

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