“Lo comunitario es algo que me ha acompañado toda la vida”
Nació en Afula, Israel, vivió sus primeros años en un kibutz y llegó a Chile antes de cumplir tres años. Creció en una casa vinculada al teatro, la poesía y la vida universitaria, rodeada de artistas y escritores. Hoy, a los 76 años, sigue actuando, escribiendo y participando en proyectos donde su propia biografía conversa con temas que la han acompañado desde siempre: la memoria, lo colectivo, la identidad y la necesidad de mirar con atención el mundo que habitamos.
Por Equipo Nilo
¿De qué manera esa infancia entre Israel, el kibutz y Chile terminó formando a la mujer y a la actriz que eres hoy?
Para explicarte, quiero leerte algo: “Me llamo Shlomit, nací en Afula, en la Galilea. Viví en Ramot Menashe, el kibutz, donde mis padres todavía sacaban piedras para hacer tierra. Después me trajeron a América del Sur, a la tierra donde ellos habían nacido”.
Del kibutz me quedó una experiencia muy especial. Mis padres salían a las cuatro de la mañana a trabajar y nosotros quedábamos en estas casas, ocho niños juntos, criados por una mujer que nos amó tremendamente. Tengo un gran amor por la naturaleza que viene de ahí.
También creo que el hecho de ser actriz tiene relación con esa experiencia colectiva. Desde que nací tuve, de alguna manera, ocho hermanos. Era un mundo comunitario, utópico en ese momento. Mis padres eran muy jóvenes y creían profundamente en esas ideas.
Llegué a Chile antes de los tres años y mi papá recuperó sus amistades del Teatro Experimental de la Universidad de Chile. Había una efervescencia cultural muy fuerte, el teatro, el coro del colegio, el ballet, la orquesta sinfónica. Yo crecí en medio de todo eso. Desde chica fui al teatro con él, veía las obras desde las cajas del escenario y esa transformación de las personas en personajes me fascinaba. Después estuve en el coro, en danza moderna, en el grupo folclórico, en teatro. Se dio naturalmente.

Tu historia familiar también estuvo marcada por el exilio. ¿Cómo recuerdas ese período?
Después del golpe de Estado me echaron del Teatro de la Universidad de Chile, donde ya formaba parte de la planta de actores. Mi papá trabajaba en extensión universitaria y era antropólogo. Además estaba enfermo, tenía un enfisema pulmonar, por lo que cualquier posibilidad de que lo detuvieran era muy peligrosa.
Él salió primero a México y después se fue mi mamá, que era profesora universitaria, doctora en literatura, ensayista y poeta.
En México mi papá desarrolló un proyecto precioso sobre plantas medicinales utilizadas desde tiempos precortesianos. Trabajó con brujos y curanderos y escribió sobre eso. Para mí México terminó siendo una segunda patria, muy amorosa. Es un país que quedó profundamente ligado a nuestra historia familiar.

Vienes de una familia donde la literatura estaba muy presente. ¿Qué encuentras en la escritura que no encuentras en la actuación?
Son mundos bastante opuestos. El teatro es algo muy expuesto. Tienes que presentarte ante un público, armarte de alguna manera. La literatura, en cambio, pertenece a un mundo silencioso. Puedo estar días completos aquí, en mi biblioteca, corrigiendo un poema, buscando la música de una frase.
“Para mí escribir significa entrar totalmente en uno mismo. El mundo desaparece. El teatro, de alguna manera, también puede producir eso, porque las artes tienen esa gracia de hacer que todo lo demás desaparezca y estés realmente presente”
Pero la literatura me ha dado ese espacio silencioso, introspectivo, que necesito muchísimo. Siempre tengo alguna frase dando vueltas, estoy llena de libretitas. Y también hay una herencia familiar. Mi papá leía cuentos en voz alta en la radio de la Universidad de Chile y mi mamá era una gran poeta y escritora. Eso estuvo siempre alrededor mío. 
A los 76 años sigues actuando. ¿Cómo ha cambiado tu relación con el oficio en esta etapa de la vida?
Ahora mi vida está mucho menos llena que antes. Hubo épocas en que grababa en Valparaíso y después tenía que volver corriendo al teatro en Santiago. Hoy es distinto. Es una edad en que mucha gente está jubilada, pero los actores no nos jubilamos.
He hecho docencia. Estuve cerca de siete años a cargo del taller de teatro de la Escuela de Economía de la Universidad de Chile y fue fantástico. También sigo haciendo teatro.
He tenido mucha suerte porque me encontré con gente joven y muy creativa, como Alejandra Díaz Scharager y Andrea Giadach, que me llevaron hacia un tipo de teatro que no había hecho antes. Un teatro de creación colectiva, muy biográfico.
Hicimos “Cada vez que digo mamá», donde aparecía nuevamente la historia del kibutz y yo podía trabajar desde experiencias muy cercanas a mi propia vida. Después seguimos desarrollando obras que han tocado temas palestinos y también hicimos “La música de Diana”, basada en la historia de Diana Arón, detenida desaparecida. Ese tipo de trabajo me mantiene tremendamente viva.


Haber nacido en Israel también adquiere hoy otro significado para ti. ¿Cómo estás viviendo lo que ocurre allí?
Es muy doloroso para mí. Haber nacido en Israel, en estos momentos, tiene una carga tremenda.
Mi papá siempre me contaba que mientras mi mamá estaba pariendo, en el mismo lugar estaba pariendo una mujer árabe. Ese era el mundo en el que nací. Por eso me produce una pena brutal lo que está ocurriendo y estoy totalmente en contra de las políticas que se están llevando adelante allí.
Estoy trabajando con colegas palestinos y formamos un grupo que para mí es muy importante. Como judía, necesito expresarme en ese sentido.
Quizás también por haber crecido con aquella experiencia del kibutz tengo muy presente la idea de lo colectivo, de personas distintas capaces de vivir y construir juntas. Es un recuerdo que contrasta muchísimo con lo que estamos viendo ahora.
Cuando piensas en tu trayectoria, ¿qué te gustaría dejar como legado?
Es difícil hablar de legado. Quizás unos poemitas de amor queden por ahí.
Pero creo que tiene que ver con una actitud frente a la vida. Tener alegría de estar plantada aquí, pero también cuestionar, estar despierta. Vivimos en una sociedad muy vapuleada y me preocupa nuestra dificultad para darnos la mano y trabajar juntos.
Me gustaría recuperar algo del Chile que viví durante mi infancia y adolescencia. En mi casa llegaban poetas, artistas y personas de mundos y clases sociales distintas. Recuerdo a Violeta Parra sentada en mi casa, a Nicanor Parra bailando cueca. Había encuentros que hoy siento que cuesta mucho más que ocurran.
Entonces quizás mi legado tenga que ver con esas ganas de volver a conversar, de mirar al vecino sin reducirlo al partido por el que votó o a sus diferencias. Ver qué podemos hacer juntos.
Estamos viviendo momentos profundamente tristes, con tremendos problemas sociales a nivel planetario, y necesitamos creatividad para enfrentarlos. Una casa con libros, una buena conversación, mantener viva la curiosidad. Eso me gustaría dejar.


Colaboración
SISA
SISA es una marca de moda femenina con base en Santiago, Chile. Creamos piezas que se integran con la historia personal de cada mujer a lo largo del tiempo. Nuestros diseños nacen de una obsesión por el color y de una mirada conceptual. Utilizamos materiales de alta calidad que expresan esta exploración.
Maquillaje: Flair Nation
https://youtu.be/C83SPZUen70?si=9PI0v8yCC0km5K7_

