Ante la duda… arriésgate
A todas nos pasa que, llegada cierta edad, nuestra cabeza empieza a inundarse de preguntas. ¿Qué quiero hacer en esta mitad de mi vida? ¿Cuál es mi propósito? ¿Qué sentido quiero darle a los años que vienen?
Son inquietudes legítimas que aparecen cuando sentimos que estamos entrando en una nueva etapa. De repente tomamos conciencia de que el tiempo pasa y pasa rápido y empezamos a rebuscar en nuestra memoria esos sueños, proyectos y ganas que, por algún motivo, fuimos postergando.
Y puedo darles por firmado que, entre todos ellos, hay uno que aparece una y otra vez: viajar.
La idea de viajar nos transporta a un mundo desconocido que queremos descubrir. Empezar a planear un viaje es, en sí mismo, parte del viaje. Elegir un destino, buscar dónde quedarse, imaginar ese restaurante, esa playa, esa calle por la que todavía nunca hemos caminado. Nuestra cabeza se adelanta y, mucho antes de subirnos a un avión, ya estamos un poquito allá.
Porque los viajes tienen una particularidad bastante generosa: nos permiten disfrutarlos mientras los planeamos, mientras los vivimos y, después, cada vez que los recordamos. Quizás por eso tienen ese efecto tan adictivo: Basta con aterrizar nuevamente en la realidad para que, pocas horas después, ya estemos pensando cuál podría ser el próximo destino.
Toda mi vida he disfrutado viajar. Viajar soñando, viajar planeando, viajar descubriendo. Pero, entre todas mis experiencias, hay una que dejó una huella diferente en mí. Una en la que no solo conocí un lugar nuevo, sino que también logré responder algunas de esas preguntas que empiezan a rondarnos la cabeza llegada cierta edad.
Viajar sola.
Y sí. La idea incomoda.
Porque una cosa es fantasear con ella y otra muy distinta es comprar el pasaje.
Aparecen inmediatamente las dudas: ¿y si me pasa algo?, ¿y si me siento sola?, ¿y si necesito ayuda?, ¿y si me aburro?, ¿y si no me atrevo? Estamos tan acostumbradas a pensar el viaje como una experiencia compartida que estar acompañadas parece, casi automáticamente, la opción más segura y también la más entretenida.
Pero hay algo que una descubre cuando finalmente se atreve: viajar sola no significa sentirse sola.
Significa despertarte y preguntarte qué quieres hacer hoy sin tener que negociar la respuesta con nadie. Caminar durante horas porque se te dio la gana. Sentarte en un café sin apuro. Cambiar un plan a último minuto. Comer cuando tienes hambre, dormir cuando estás cansada, conversar con desconocidos, perderte un poco y descubrir que también sabes encontrarte.
Y ahí pasa algo inesperado.
Mientras vas conociendo un lugar nuevo, empiezas también a conocerte de una manera diferente.
Porque cuando viajas sola no tienes al lado a esa persona a quien normalmente le preguntas qué hacer, a donde ir o cómo resolver un problema. Te tienes a ti. Y de repente descubres que eres bastante más capaz, valiente, entretenida y autosuficiente de lo que imaginabas.
No les voy a decir que no da miedo, da miedo. Y probablemente esa sea justamente una de las razones por las que vale tanto la pena hacerlo.
Hay una satisfacción enorme en estar a miles de kilómetros de tu casa, mirar alrededor y pensar: “Estoy aquí. Vine sola. Y estoy bien.”
A esta edad hemos pasado buena parte de nuestra vida cuidando, acompañando, organizando, resolviendo y estando disponibles para otros. Viajar sola, aunque sea por pocos días, tiene algo maravillosamente liberador: por un rato, la única persona a la que tienes que preguntarle qué quiere, eres tú.
Y quizás por eso un viaje así termina siendo mucho más que conocer un destino.
Es descubrir cómo eres cuando nadie más decide contigo. Es recuperar curiosidad, autonomía y confianza. Es comprobar que todavía quedan muchísimas primeras veces por vivir.
Yo despegué pensando que iba a conocer un lugar nuevo.
Y terminé conociendo un poco más a la persona que llevaba toda la vida viajando conmigo: yo misma.
Por eso, si alguna vez has pensado viajar sola pero inmediatamente aparece esa vocecita que te dice que mejor no, que puede ser peligroso, que quizás te vas a sentir sola, que a esta altura para qué…
Te diría una sola cosa: Hazlo.
Elige un destino, compra el pasaje, toma todas las precauciones necesarias, empaca tus cosas y déjale un poco de espacio a lo inesperado.
Porque hay viajes de los que vuelves con fotos, recuerdos y una maleta llena de cosas.
Y hay otros de los que vuelves distinta: Viajar sola es uno de ellos.
Despegas siendo una y aterrizas siendo otra.
Y ante la duda… arriésgate.