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Columna
Valentina Ríos Creadora de contenido y comunicadora especializada en moda, tendencias y cultura visual. A través de Le Freak Es Chic, explora la moda como una forma de expresión e identidad, combinando mirada editorial, conocimiento de tendencias y un estilo personal auténtico, entretenido y provocador.

Le Freak es Chic (?)

Una vida de ensayo y error en diferentes escenas contadas a través de mi ropa, sin conexión ni orden.

SOSTENES

Escena 1

Yo había cumplido 14 años y heredé un sostén de bikini que amé inmediatamente de dibujos en pastel y naranja neón. Estaba invitada a un paseo de curso con piscina y sabía que iban a ir algunos hombres, algo que me ponía muy nerviosa viniendo de un colegio sólo de mujeres en el que no nos dejaban juntarnos ni con los hombres del mismo colegio.

Sentí que era una especie de presentación en sociedad y que mis recién descubiertas pechugas no alcanzaban a rellenar bien mi nuevo bikini asique se me ocurrió la genial idea de rellenarlos con unas hombreras que encontré y las fije al interior con unos alfileres de gancho.

Me tire un piquero y cuando salí a la superficie todos miraban y me decían algo que no alcanzaba a entender, se habían salido mis hombreras y colgaban para afuera de mi bikini, mientras todos miraban, se reían, gritaban, me avisaban, yo solo sentí una sordera temporal y ganas de hundirme para siempre de vuelta en el fondo de esa piscina, no salir más, sentí que me iba a morir de vergüenza, literal…no sabía cómo salir, ni de la situación ni del agua después de eso…creo que no salí. Sigo en esa piscina mortificada.

Escena 2

No sé cuándo tuve mis primeros calzones negros, pero en mi educación cristiana conservadora los calzones negros eran sinónimo de las peores cosas, por eso saber que los tenía puestos debajo de mi ropa me hacia sentir importante, adulta y de armas tomar, alguien dispuesta a llevar las cosas hasta el final incluso, aunque yo en verdad fuera todo todo lo contrario. Como esa escena en las “10 cosas que odio de ti” en que buscan en la pieza de la hermana buena y angelical a ver si encuentran ropa interior negra y, cuando la encuentran, se dan por confirmados que ella quiere y busca tener relaciones sexuales, a lo mejor ya no es ninguna virgen.

La virginidad no usa calzones negros.

Y tal vez a mí se me quedó tan grabada esa escena porque era todo lo contrario, esos calzones eran para mí, sólo yo sabía que los tenía puestos y no estaban pensados para que alguien más los viera y el saber eso me hacía sentir una osadía que no conocía.

Diana Vreeland aconsejaba a las modelos a pintarse las uñas de los pies rojas aunque las llevaran adentro de un zapato y nadie las fuera a ver, porque según ella el solo hecho de saber que estaban ahí las hacía caminar distinto… caminaría diferente con mis calzones?

Escena 3

Los tirantes de los sostenes asomados tampoco estaban permitidos y había que tener especial cuidado en esto. Sostenes siempre blancos e inmaculados especialmente si la polera era clara como mi inocencia. Pero fue Carrie Bradshaw la que borró de un plumazo esa regla básica de mi existir. Con su look de camiseta blanca, jeans y sostenes negros que se traslucía a través del delgado algodón, casi transparente con tirantes negros marcadamente negros, incuestionablemente negros. Esa imagen se convirtió en todo lo que yo quería ser.

Tuve mis primeros sostenes negros, tenía veintipocos y los acompañaba de jeans extremadamente bajos a la cadera ojalá Kosiuko y camisetas de tiritas que dejaban ver un pedazo de guata, no olvidar los sostenes con tirantes plásticos transparentes para las mismas poleras con tiritas.

Se usaba el pelo rubio platinado liso y largo hasta la cintura acompañado de un bronceado casi naranja, nada de esto era opcional, y yo hacia lo mejor que podía sin presupuesto para salones y soláriums. Veía los realities de modelos e iba a fiestas electrónicas donde sonaba Paul Oakenfold y Safri Duo, donde también había muchas modelos.

Era hermosa, pero todo a mi alrededor me decía que no era suficiente. No era suficientemente rubia, no era suficientemente alta, no tenía suficiente cintura ni menos suficientes pechugas así que usaba sostenes con relleno y push up aunque mis pechugas me salían prácticamente de la clavícula. Era la época en que opinar de los cuerpos de otras, enjuiciarlos y analizarlos hasta el cansancio era la base de todo buen contenido. Los 2000 en su peor versión. La obsesión por ser flaca en su peor versión.

Lo mismo que hoy, tampoco hemos cambiado tanto.

El pololo de la época supo contribuir sin piedad a mi inseguridad prefiriendo siempre irse con alguien más, de preferencia modelo. El mismo que me regaló mis primeros colaless, una tanga negra, de satín, que me daba vergüenza pensar en que mi mamá las veía cada vez que lavaba la ropa.

Escena 4

En NY encontré unos sostenes con tachas doradas, los usaba sobre las poleras a las que les hacía hoyos y también deshilachaba, era la época de los blogs, de las poleras flúor usadas con patas y de los botines cortos, también usaba cintillos de tela metálica fucsia trenzada en mi frente como si estuviera en un video de ejercicios de la Jane Fonda en los 80s.

Era una época en que las peores decisiones estéticas se tomaron todas juntas y sin vergüenza en pos de la expresión personal y de ser lo más parecida a la Corey Kennedy posible, con las uñas con la pintura descascarada y los pelos despeinados sujetados con lo que fuera puesto alrededor de la cabeza, un día un turbante de cuero, otro día un tocado con plumas, y al siguiente un cintillo de tenis.

Todas mis nuevas ídolas que descubría en blogs y tumblrs me dieron la inspiración y la fuerza para empezar a jugar más y que me importara menos, tanto en mis decisiones estéticas como en las de vida. La era de ser y parecer una señorita recatada y callada entraba, al fin, a su fin.

Y la ropa interior la usaba por fuera, como si la liberación de mis ser hubiera encontrado en ese gesto un manifiesto claro y evidente.

Escena 5

Viviendo en España dejé de comprar partes de arriba de bikini, y descubrí el placer de meterme al mar en topless o todavía mejor: sin nada. La libertad y el poco prejuicio español me enseñó a que un cuerpo es un cuerpo, no es erótico sólo por existir, no es un campo de batalla sólo por ser mujer; es un cuerpo y es libre de ser mostrado a tu voluntad tengas 20 como tengas 80.

Entendí que la batalla es saber quitarle la carga erótica y provocativa que le damos sólo por el hecho de mostrarlo.

Y el ver tantos cuerpos diferentes, de todas las formas y edades, me amigó con el mío.

Escena 6

Hace unos años estaba en una fiesta en Buenos Aires, la invitación era el lugar, fecha y hora rayados en el asiento de una micro. El lugar era un palacete en el centro lleno de rococós, columnas y espejos, que a nadie parecía impresionar excepto a mí, tirado ahí como si nada, uno de tantos en esa ciudad.

Mientras bailaba sola entre medio de la gente más taquilla que he visto en mi vida, sin que nadie me mirara ni pareciera notar mi presencia, me miré a los espejos del salón y mi reflejo me mostró algo horrible. Mis pechugas ya no estaban donde siempre, sino varios centímetros más abajo. La blusa japonesa de seda rosada que me había puesto parecía disfrutar marcando esa zona de la peor manera.

En qué minuto había pasado eso??

Se me arruinó la fiesta, nada deprime más que constatar que tu cuerpo que creías inmutable y para siempre joven, tenga el descaro de mandarse solo y cambiar.

Escena 7

En Milán entré a una tienda de ropa interior que vendía un body de tul negro con sostenes cónicos de satín muy parecido a aquel icónico corset de Madonna por Gaultier. Ya había pasado los 40 y justamente por eso me obligué a comprarlo. Estaba en la batalla diaria de amor/ odio con todos mis cambios físicos, los pliegues de piel que antes no estaban, las cosas que se caen, etc.

Si alguna vez me sentí casi pornográfica por usar una polera apretada sin sostén, hoy la batalla es meterme adentro de ese body que pareciera gritar que quiero que me miren y me deseen, aunque en realidad es todo lo contrario, lo hago porque no me atrevo, porque no quiero que me miren tanto y a la vez tampoco quiero que dejen de mirarme.

No quiero ser invisible, pero tampoco quiero ser un cliché.

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